Miles de soldados romanos habían partido desde Roma con una sola misión, conquistar la Galia más allá de los Alpes. Julio César había conseguido el suficiente honor militar como para guiar a varias legiones bajo su mandato, cada una fungiendo como una extensión más de su cuerpo, cada una capaz dar su vida por su líder.
Las conflagraciones políticas se habían quedado en Roma, pero el sonido de yelmos, espadas y gritos furibundos se habían cristalizado en el campo de batalla, sólo para hacer eco más allá de su época. La panoplia de guerra cubría cada parte del cuerpo de las legiones romanas, dejando las piernas libres para una mayor movilidad, el viento soplaba sobre las laderas germanas, cada hoja se mecía bruscamente por el aire.
Cada legión estaba dividida en un grupo compacto llamada centuria, su disciplina militar era digna de alabar. No por nada, las tribus germánicas temían a su adversario. El cuerno de guerra sonaba con gran estruendo en los oídos romanos, esperando a que las tropas de Vercingetorix arribaran al lugar. Las espadas comenzaban a blandirse por el aire, probando el filo en la espesa niebla, los escudos eran puestos en formación de combate, la más exacta metáfora de aquella formación militar era la de una tortuga impenetrable llena de miles de colmillos filosos como dagas y aún así no ensacaba de ser un simple eufemismo.
Las manos de los soldados habían tornado de un rojo carmín, una sangría decoraba el campo de batalla, los ejércitos habían sometido a la Galia, Vercingetorix había sido vencido. Las legiones de Julio César habían realizado una masacre aquel invierno, pero quien dice que los imperios no se construyen bajo la sangre de los vencidos. En este episodio de la historia cobra vida una famosa frase de John Milton: ¨Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo¨. Julio César usó sus éxitos militares para catapultarse a la cima política.
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