Más allá de los senderos del norte, donde la aurora boreal serpenteaba con un movimiento cándido hacia la luna, como queriendo alcanzarla, se encontraba el reino más poderoso de la región, JuMar era su nombre. La magnificencia de aquel lugar no podía ser comparada con otro paraje terrenal, los riscos rodeaban el castillo de forma natural, como dragones custodiando el más preciado tesoro. Sobre los alrededores caían portentosas cascadas que decoraban el paisaje de manera sublime, el follaje ataviaba cada colina con majestuosos frutos que daban una apariencia paradisiaca.
Sobre los bordes del reino había una multitud de arroyos que transportaban el agua con una apresurada celeridad. Sobre sus aguas cristalinas llevaban flores que habían sido arrancadas por la corriente, tal pareciera que estas despreciaran la tierra en la que habían florecido para formar parte de tan maravilloso espectáculo floral. La frescura del lugar se respiraba en el ambiente, la brisa recorría los senderos formando puentes cristalinos que seguían un camino sinuoso hasta formar pequeños arcos de colores que la gente común llamaba arcoíris.
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